miércoles, 14 de enero de 2009

LA CASA QUE QUEREMOS.

(A propósito de la conversación organizada por Fernando Delgado entre la periodista Lola Carretero (especialista en modas y tendencias) y la arquitecta Blanca Lleó)

Ayer tuve la ocasión de asistir a una de las conversaciones que organiza el periodista Fernando Delgado en la sede de Caja Canarias dentro del tema genérico “El Mundo que Queremos”. Una de las invitadas, Lola Carretero, nos animaba a conseguir la casa que queremos abriendo las ventanas y deshaciéndonos de lo viejo para recuperar el espacio y renovarlo siguiendo modas y tendencias. Uno de los argumentos fue que hacer esto ahora no implicaba necesariamente un gran desembolso económico ya que en el mercado existen actualmente infinidad de objetos que podrían dar un aire nuevo a nuestro hogar a muy bajo precio.

Vivimos en un planeta finito donde el ciclo de la materia está cerrado (lo que hoy es un recurso natural, mañana se convierte en un residuo) y donde la energía que utilizamos para la industria y el transporte depende en su mayor parte de combustibles fósiles cuyas reservas se están agotando y cuya obtención está causando numerosos conflictos. Cada vez que compramos algo nuevo para tirar algo viejo (o simplemente algo que nos tiene “aburridos”) este ciclo se activa: en alguna parte del planeta se produce una extracción de un recurso para lo que consumimos energía, consumimos energía igualmente para su transporte hasta la industria, para su fabricación y para su distribución, al tiempo que creamos un residuo con el objeto desechado y toneladas de CO2 se emiten a la atmósfera por el consumo energético necesitado durante el proceso, agravando el efecto invernadero y los problemas desencadenados por el cambio climático.

Al final del evento, cuando se pasó el turno de palabra al público, una señora confesaba que realmente deseaba la renovación de su hogar, pero que cada vez que lo intentaba fracasaba por el apego que le tiene a sus cosas que en el fondo le duele tirar.

Otra de las preguntas que se formularon fue acerca de la renovación de edificios; se pedía opinión acerca de intervenciones arquitectónicas en las que se conserva la fachada y el edificio se renueva sólo interiormente. La postura de Blanca Lleó (que tuvo en todo momento un discurso brillante y entusiasta) fue en la línea de tomar partido por rehacer el edificio de nuevo, demoler y volver a construir de modo que el lenguaje de lo que pase por dentro y lo que pase por fuera tenga la máxima coherencia.

Si somos conscientes del problema medioambiental que genera la construcción en el planeta (por los residuos que produce, por la transformación irreversible de suelo que implica, por la cantidad ingente de energía que consume…) habría que tener en cuenta que, manteniendo la estructura y el cerramiento de un edificio (cuando su estado es aceptable) podemos ahorrar hasta el 50% de la energía que consumiríamos si lo demolemos y lo construimos de nuevo y evitar asimismo los residuos que provocaría su total demolición. Y el lenguaje final de dicha intervención podría ser además coherente con una actitud responsable en nuestra forma de habitar el planeta.

A lo largo de nuestra vida, los seres humanos disfrutamos de un mismo envoltorio (la materia de la que estamos compuestos es la misma desde que nacemos) y sin embargo nuestra actitud, nuestras costumbres y hábitos, nuestra conciencia y convicciones, son capaces de hacernos conseguir transformaciones interiores que nos renuevan y nos hacen sentirnos diferentes. Es decir, con la misma materia inicial, somos capaces de cambiar cualitativamente y ser mejores. Los últimos tiempos, caracterizados por una fiebre consumista desenfrenada, no nos han puesto nada fácil reflexionar sobre estos aspectos y nos han inducido a “comprar para ser felices” sin darnos cuenta de que, con este hábito, el planeta se va pareciendo cada vez menos al planeta que queremos.

Si algo de bueno tienen las crisis es que los procesos son revisados, es una oportunidad extraordinaria para mirar atrás e intentar comprender qué es lo que estábamos haciendo mal.

Yo creo sinceramente que tenemos que cambiar el procedimiento de consecución de la felicidad que hemos estado empleando e intentar relacionar nuestra felicidad con la sostenibilidad porque esto traería, además de la felicidad propia, también la ajena y los ciclos serían positivos y evolucionarían in crescendo.

Yo animo a la señora que dudaba entre la renovación de su hogar y la conservación sus recuerdos, (que son irremplazables porque forman parte de su historia), a desequilibrar la balanza de la elección a favor de conservar sus recuerdos y disfrutar de un valor añadido al imaginar la cantidad de residuos que está evitándole asumir a este castigado planeta y sentir que con su actitud ha puesto su granito de arena para su sostenibilidad. Los espacios también pueden renovarse y obtener un aire nuevo cambiando muebles de sitio, reorganizándolos para poner las cosas en valor, cambiando el color de las paredes...

Porque la casa que queremos no termina en sus fachadas. La casa que queremos está directamente vinculada al planeta que queremos.

Porque la casa que queremos no es la que más cosas nuevas tiene, sino la que nos hace más felices.

Araceli Reymundo Izard.
Santa Cruz de Tenerife a 22 de Noviembre de 2008.

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